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Documentos relacionados con la Virgen de Consolaciòn 


 

Virgen de La Consolación - Patrona del Táchira - Venezuela. 1

El Asomo Descubridor. 2

Ocultamiento y renovación de la Imagen. 3

La primera Capilla villorra y la antigüedad de la imagen. 6

Los Milagros. 10

El Primer Templo a la Virgen de Táriba. 10

Monseñor Briceño y el Segundo Templo. 10

Incendio en la Basílica. 12

Decreto Episcopal sobre Remodelación. 13

Ubicación de fosas. 15

Consagración del Altar Mayor. 15

Decreto de erección en Basílica Menor, JUAN XXIII para perpetua memoria. 17

Breve de S.S.Juan XXIII y Escudo de Armas. 18

Visitas de la Virgen de Táriba a San Cristóbal desde 1638. 19

El primer Obispo venezolano y la Virgen de la Consolación. 20

Nuevas visitas a San Cristóbal 20

Apertura del Año Mariano. 22

Recorrido de la Virgen 1966. 22

Memoria de la Tabla. 24

Otras notas históricas sobre la antigüedad del culto a la Virgen de Táriba. 27

 

 

 


Virgen de La Consolación - Patrona del Táchira - Venezuela

 

Su ubicación está en la ciudad de Táriba, Edo. Táchira, en la Basílica menor de Nuestra Señora de La Consolación.

En 1560 dos padres Agustinos venidos del Nuevo Reino de Granada llegan a Táriba, llevando de San Cristóbal una tabla con la imagen de nuestra Señora de la Consolación.

En 1600 se construye una ermita para la veneración de la excelsa Virgen. Desde entonces para acá, Nuestra Señora de la Consolación, es el centro devocional de Táriba, y la más preciada reliquia de sus buenas y cristinas gentes.

El 15 de agosto se celebra su fiesta, con solemne Pontifical y sermón de circunstancias. Y es entonces cuando el amor a Nuestra señora de la consolación se desborda por todas partes, lleno de unción de fe y de esperanza, y cuando la piedad de tachirenses, de venezolanos y de muchos colombianos abre caminos de luz para venirse a postrar a sus plantas maternales.

Allí esta ELLA, la Reina, la Madre, siempre es trance de amor y de entrega, recogiendo los dolores de los hombres para devolverlos trocados en alegría o en alivio. Por eso hasta su trono, joya y relicario del arte de oro y rutilantes piedras preciosas, vienen todas las gentes con tranquila confianza: los nobles y los hijos del pueblo, los obreros y lo menestrales, los ricos y los pobres, los inteligentes y los rudos los empleados y los buenos campesinos que el día de sus fiestas se visten de gala, y recogen las primicias de sus mejores cosechas y rasgan con las manos briosas las cuerdas del cuatro y de las guitarras, para venirle a decir a la Madre las Càntigas de su amor limpio y sin mancha.

 

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La Virgen que alumbró una Historia

Datos históricos recopilados por el conocido escritor tachirense Don Rafael María Rosales.

El Asomo Descubridor

Escondida estaba la meseta, cuando el Capitán Alonso Pérez de Tolosa se acercó al valle de los toreros, que entonces llamó de las auyamas, al des­cubrirlo en julio de 1547. Ya enton­ces, Táriba era un pequeño poblado que atraía la atención de los españo­les del descubrimiento. Por ello, jus­ticiera y acaso históricamente, el inte­lectual Dr. Tulio López Ramírez in­tuye, en la población acunada en el antiguo Torbes, la primicia social de un Táchira culto, es decir, el pueblo pionero en el concierto civilizador de la incidencia civil andina.

Del valle, que está reclinado en el cobijo de Loma de Pío y se despeña en la viril heredad de Zorca, salió la expedición tocuyana al mando de Pé­rez de Tolosa. AI verla cruzar el río que baja con olor de rosa y mirto desde el Zumbador, los táribas aban­donaron, momentáneamente, el pobla­do materno. Aquellos animales relin­chando y aquellos otros ladrando, fue­ron para ellos como una sombra pá-vida. Los cerros colindantes con el ale­gre río del consuelo refugiaron a las huestes asustadas. Pérez de Tolosa y los suyos creyeron que, al huir, carga­ban con un «gran tesoro». Pero en realidad el tesoro no era sonante ni metálico, pues tenía carácter y fisono­mía de auténtico vigor étnico. Por ello cuando los castellanos entraron en la meseta para tomar posesión de ella retornaron los táribas con el tesoro de su bravura, con el instinto de la exac­ta rebeldía, y sostuvieron la posesión de la tierra y «mataron caballos, pica­ron muchos soldados y malhirieron de un saetazo a Alonso Pérez», según la versión de Baralt. Tan valiente actitud alejó a los descubridores y escribió en la historia de la conquista la altivez de unos aborígenes que fueron como la brasa que calienta el esfuerzo de los héroes. El primer poblador y el primer Convento.

En 1561, don luán Maldonado, des­de la altura de Tononó, admira la gra­ciosa forma del verde oscilante entre Guásimos y La Machirí. Venía el sal­mantino Capitán a fundar una villeta en el valle de Santiago, hecho lo cual regresó a Pamplona. Al retornar trajo más soldados. Quería robustecer la verdad del asentamiento hispano y re­gularmente vinieron otros más. Un Al­calde de la Santa Hermandad, Alonso Alvarez de Zamora, llega y se con­vierte en uno —si no el primero— de los pobladores de Táriba, cuyos des­cendientes van a ser testigos, con él mismo, del primer gran milagro ma­ñano de Venezuela. Conviene adver­tir, de una vez, que la más antigua de las imágenes, con devoción popular en nuestro país y el oriente colombiano, es la de la milagrosa Virgen de la Con­solación de Táriba.

Con la fundación de San Cristóbal acrece el interés por adoctrinar la con­ciencia indígena, y por ello se estable­ce, poco después, una «residencia y centro de misiones», de los Padres Agustinos, venidos del Nuevo Reino, en el Convento que los mismos fun­dan en la antigua calle del Culto, o sea donde actualmente está el cuartel de Policía. En esa luz civilizadora, del primer centro misional, parpadea el rumbo de la esperanza del catolicismo tachirense.

El derecho de conquista impone sus fueros. Si Maldonado es noble en sus procederes, algunos capitanes poste­riores hacen de su jaqueíonería ofensa y maltrato a los aborígenes laboriosos, aun cuando éstos también saben ser altaneros en el instante de templar en sus macanas, el grito guerrero de sus caracolas o guaruras, y tal vez, por tal causa, no fueron frecuentes los abusubsiste a los terremotos de 1610 y 1644.

Del Conventillo y la Capilla referi­dos irradian las luces del cristianismo regional. Y los agustinos no solamente son pioneros de la devoción a la Vir­gen de Chinquinquirá, que en Vene­zuela quedó fulgurante en las ondas líricas del Coquivacoa, sino también de la Virgen de la Consolación, que desde la meseta torbesína restalla en el calor tachirense, y cuya imagen es posible haya pintado algún artista en España o algún lugar de América o al­gún misionero en la soledad de su aventura viajera, y que en criolla pie­dad ahora enfervoriza a los católicos de las romerías colombo-venezolanas por el mes de agosto, con el atuendo de su gratitud y devoción, por el mi­lagro que salvó una vida, estimuló una empresa o serenó una tempestad interior.

El padre José Gómez afirma que la imagen de la Consolación de Táriba fue traída, por ios agustinos, de Es­paña.

No es muy clara la versión de la lle­gada de la imagen de Nuestra Señora de la Consolación a Táriba.

La más conocida y aceptada de las versiones es la del Pbro. Ezequiel Are-llano, publicada en su periódico «La Abeja», de Bailadores, en la cual re­fiere que dos frailes de la Orden de San Agustín salieron de San Cristóbal hacia Táriba con una imagen de la Virgen de la Consolación pintada en una tabla, y cuando ya la noche envol­vía la brisa del Torbes en la amapola del sueño se encontraron con que el río estaba despierto y crecido y era sordo su ronquido en las sombras. No podían, entonces, dejar, al hacer de las aguas, los iluminados colores de la ta­bla que portaban, y que para ellos era la albricia, en su misionero acercarse a la heredad de los bizarros táribas.

Ataron, pues, los dos agustinos, a una caña amarga la tabla que iba a conmover la conciencia montañesa y asidos a la misma los dos sacerdotes de la precursora hazaña mariana en Ve­nezuela, pasaron fácilmente el abun­doso río, teniendo como faro y guía la cauda azul que pendía de esa caña. La imagen llega ilesa y fresca hasta el lugar donde hoy está la Plaza Bolívar y allí los frailes agustinos toman po­sesión del terrazgo feliz donde dejan el recado de su evangélica misión. Ahí mismo construyen una Ermita y ahí mismo queda, definitivamente, la ima­gen, que, al mimetizarse con la tierra, noble, buena y gentil, es alegría y esperanza junto a la nocturna claridad del río. Desde ese momento se llama Virgen de la Consolación de Táriba.

Esta versión del padre Ezequiel Are-llano tiene mucha validez, porque este sacerdote fue párroco de Táriba du­rante quince años, tiempo suficiente para indagar y recoger la verdad en los infolios, las tradiciones y confe­siones orales de cuantos vivieron an­tes de su llegada a Táriba en 1878.

 

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Ocultamiento y renovación de la Imagen

Buen tiempo estuvieron los agusti­nos en Táriba. Suficiente para arraigar en sus buenas gentes, dedicadas a la agricultura y especialmente en la par­te noroeste al cultivo del mejor tabaco de la región, el culto a la Virgen de la Consolación, cuya llegada ya se había manifestado extraordinariamente.

Más tarde, los guásimos y los capa­chos se confabulan para irrumpir, co­mo otras veces, en la hacendosa me­seta de los táribas. Estos emigran, tem­poralmente, como en los días del des­cubrimiento y trasponen el río y las sementeras; en. resguardo; de. sus-.vidas,. mientras se reponen para el regreso.

Los misioneros agustinos han de emigrar también a su Convento de la Villa, en el Valle de Santiago, sin tener tiempo de recoger la imagen que, además de consuelo, es bendición, pues su luz es para todos y no para unos pocos. Quienes llegaban ahora en su invasión desconcertante, no co­nocían, todavía, el valor o el sentido de la bondad de la pintura encendida en rojo, soleada en amarillo e intensa en un azul que más bien parece un marrón desprevenido.

Afortunadamente, «una india ladi­na», en cuyo pecho era caracol reso­nante la vivencia del catolicismo, res­cató, para la historia y el bien de un pueblo, la tablilla, toda revelación y favor marianos y en la modestia de su rancho la veneró honda y sencillamen­te. Al pasar algún tiempo fueron des­apareciendo los colores de la imagen enmarcada en la madera.

Hacia fines de 1600 el avecindado Alonso Alvarez de Zamora asoma co­mo dichoso intermediario de la reno­vación de la imagen de la Consola­ ción de Táriba. La historia hace apa­recer en la despensa, donde Alvarez solía guardar el maíz de sus cosechas, la tabla rescatada de la posible igno­rancia católica de los guásimos y los capachos por la inteligente aborigen, cuyo nombre se pierde, como el nardo marchitado, en el frío de su soledad. Es entonces cuando el Alférez y En­comendero de Pamplona, luán Ramí­rez de Andrade, llega a Táriba a visi­tar a su amigo Alvarez de Zamora. Un día, después del almuerzo, los hi­jos de este último, Pedro, Gerónimo y Antonio, organizan una partida de bo­los. Al partírsele una de las paletas, usuales en el juego, fueron a la des­pensa en solicitud de una tabla que les pudiese servir para reemplazarla, y al encontrar la que tenía la imagen borrosa la tomaron, como apropiada, no sin antes tratar de quebrarla para adaptarla a la necesidad requerida. Muchos golpes le dieron contra una piedra o quisieron romperla con un cuchillo, pero en vez de lograr su ob­jetivo se dieron cuenta que percutía como un tambor.

Veamos la declaración jurada del Capitán Francisco Fernández de Ro­jas, Alférez Mayor y Alcalde Ordina­rio de la Villa de San Cristóbal, hecha ante el Pbro. Dr. Juan Iturmendi, Vi­sitador General Eclesiástico, el 17 de . febrero, de, 1654, y. quien .el 14 del mismo mes había dictado un auto or­denando escribir los milagros de la Virgen de Táriba en el libro que, ese mismo día, autoriza abrir para el di­cho efecto. La emocionada declaración dice «que hará más de treinta años que vive en esta dicha Villa, y que luego que vino á ella fue á visitar la hermita de la Virgen de Táriba, y, sa­cando y procurando saber el origen que tuvo aquélla Santa Casa, le dijo Gerónimo de Colmenares, alférez real que fue en esta Villa, y Pedro de Col­menares, su hermano, y Leonor de Colmenares, sobrina de los dichos, có­mo estando el padre y abuelo de los dichos, tenían el cuadro que es hoy de Nuestra Señora de Táriba, sin figu­ra de Imagen, ni que se supiese qué figura tenía, por quien la tabla no se parecía más que la guarnición que lo demostraba, y ésta sin barniz, ni más que la madera que el dicho cuadro tenía, y habiendo ida de esta Villa al­gunas personas á visitar á su» estancia á dicho padre y abuelo de los dichos, llamado fulano Zamora, y entre las personas que fueron á la dírha supieron ser tolerantes sin llegar al entreguismo.

El primer poblado de Táriba, por lo tanto, no tiene problemas con los aborígenes, los cuales ya habían mos­trado su firmeza para hacer respetar la moral de su sosiego. Ha de venir entonces una vida tranquila para la espera de una pintura, en madera, de infinitas influencias.

 

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La primera Capilla villorra y la antigüedad de la imagen

 

En la Nueva Granada (Colombia) existe la Provincia Agustiniana de Nuestra Señora de Gracia, que es la primera en encargarse del culto de la Virgen de Chiquinquirá, Patrona y Reina de Colombia, y a la cual Provincia corresponde, igualmente, la evangelización del Táchira y otras re­giones del occidente venezolano. El Rey de España, con fecha 26 de octu­bre de 1592, pide, a la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada, una in­formación acerca de la Chiquinquirá» en el vecino país, por si convenía o no darla a la Orden de los Rvdos. Padres Agustinos, la tercera en llegar a nues­tra tierra con la gracia del Evangelio. Posteriormente fueron encargados Pa­dres Dominicos del culto a la nombra­da Virgen de Chiquinquirá; pero. para e! interés de este trabajo, decimos que fueron los agustinos quienes vinieron a constituir la raíz histórica de la reli­giosidad tachirense.

Los representantes del santo y sabio Obispo de Hipona construyeron, en la villeta de San Cristóbal, un pequeño Convento y una Capilla (la primera de la ciudad capital) en 1592 adscrito al Convento de Pamplona. Esta es la fue uno Juan Ramírez de Andrade, vecino de la ciudad de Pamplona, y encomendero, y alférez real de ella, siendo mozo y estando en la dicha estancia, «que es hoy donde está la Capilla de la Virgen, que entonces era despensa de maíz; estaba el dicho Juan Ramírez de Andrade, Gerónimo de Colmenares, Antonio Alvarez de Zamora, Pedro de Colmenares, hijos del dicho Zamora, jugando á las bo­las, se les quebró una paleta, y bus­cando de qué hacer otra fueron á la dicha despensa, y no hallando de qué hacerla, toparon con el dicho cuadro, y como lo hallaron sin figura ninguna, quisieron hacer de él una paleta para jugar á las bolas, é intentaron quebrar­la sobre una piedra, y queriendo ha­cerlo no pudieron, y les' sonaba como tambor, y á esto salió la mujer del dicho Zamora, y les dijo que eran ve-llacos, que por qué no miraban, que aquel cuadro había sido imagen aun­que no se parecía, y lo cogió la dicha mujer, y lo volvió a meter en la dicha despensa, colgándole en una estaca en la pared, y esto fue poco después de medio día, y luego á la tarde, como á las cuatro de ella, vieron que en la dicha despensa, que hoy es la dicha ermita, y en el mismo sitio, le salía un grandísimo resplandor, que les pa­recía ser fuego, y que se quemaba la casa, y fueron todos á socorrerla, y abriendo la dicha despensa hallaron que no era fuego material y quedando todos espantados, vieron el dicho cua­dro figurando una imagen de Nuestra Señora, que hoy es la que veneramos de Táriba, por llamarse así el sitio, y que estaba fuera de la pared, y viendo que era sobre natural avisaron al Vi­cario de esta Villa, y fue con todo el pueblo á ver obra tan maravillosa, y habiéndola reconocido por tal, vene­raron la Santa Imagen y luego se fue­ron, continuando infinitos los mila­gros de que ha tenido noticia; y los que por su persona ha visto los dice con toda verdad y bajo el juramento que tiene hecho, y el primero que ex­perimentó sin haber visto la dicha imagen, en la Ciudad de Pamplona». Narra seguidamente este milagro he­cho a distancia y otros más.

La declaración anterior atestigua que la cristiana dama, esposa de Alva­rez de Zamora, como la aborigen del rescate cuando huyeron los táribas, to­mó el cuadro y volvió con él al gra­nero o despensa, donde lo colgó de una estaca. Quizá respetó esta señora el azar de la trasmutación mañana, y por eso la dejó en la troje en vez de llevarla a otro lugar más recomenda­ble. Son accidentes psicológicos o pro­videnciales para un mejor impacto a la humana conciencia, así como Jesús buscó un pajar para su mensaje de amor a la humanidad.

Hay una verdad en esta narración del Capitán Fernández de Rojas, y es la afirmación oral de un testigo pre­sente en la revelación mariana en tie­rra tachirense, para dar base a la tra­dición que revela lo cierto del catoli­cismo regional. Y la tradición es como una onda, en el prodigio de los días, para enseñamos que las cosas no se hacen por sí solas, pues cada minuto tiene resonancia y ésta anda prendi­da en el hilo de la realidad.

Copiosa era la luz y grande la emo­ción y el suspenso de quienes tuvie­ron la gracia de sentir cómo la sangre era poesía de amor a la que ya era Patrona de la piedad comarcal, pues su vigilante ternura era apenas mo­mentánea opacidad mientras volvía a la intensidad de sus colores de por­tentosa indulgencia.

La veracidad, por lo tanto, tiene fuerza en la testificación de cuantos juran sostenerla a lo largo de la «Re­lación Auténtica», la cual fue impresa en 1910 por disposición de ese santo varón llamado monseñor Miguel Igna­cio Briceño Picón, en la Imprenta Bo­lívar, de Táriba. Además, el 17 de mayo de 1619 se da título de Enco­mienda al referido Capitán Francisco Fernández de Rojas, de los nativos táribas, cuya parte dispositiva dice:

«Para que en la dicha Encomienda los tengáis, gocéis y poseáis con todos sus Caciques, Capitanes e indios que le son y fueron sujetos y pertenecien­tes según la manera que los tuvieron y poseyeron los dichos Capitanes Juan de Ortega y Mateo de Ortega, vuestros antecesores.» Con este título se afirma la historia de la Virgen de Táriba,, porque el Capitán Fernández de Ro-fas, además de su vinculación con las gentes y las cosas de esta ciudad como Encomendadero, es fundamental testi­go, con Fernando de Peralta, en 1626 Presidente de la Cofradía de la Cinta» del renovar hermoso de la Patrona espiritual de los Andes venezolanos y del oriente colombiano.

Efectivamente, el dicho Presidente de la Cofradía de la Cinta, organiza­ción de carácter agustiniano, en la misma «Relación Auténtica» bajo iuramento declara: «Que Gerónimo de Colmenares, vecino y alférez mayor que fue en esta dicha Villa (la de San Cristóbal), le contó a este testigo muchas veces cómo estando el subso-dicho en el sitio de Táriba, estancia de Alonzo Alvarez de canon su Pa­dre, y queriendo el subsodicho jugar á las bolas con otros mozos y les faltó una paleta con que jugar, entró en una de las casas, que había en dicha estan­cia, y que topó un cuadrito, y habien­do sacado afuera, teniendo un cuchillo en la mano para cortarlo y hacer de él una paleta, al quererlo cortar hizo reparo que había sido imagen, porque no se parecía, y dudando en ello, la limpiaron, y fueron al dicho Zamora, y le dijeron: parece que este cuadrito ha sido de imagen, y el dicho Zamora les respondió, y que le había dicho al dicho hijo: anda, vellaco, pon un cordón a este cuadrito y cuélgalo, y aunque el dicho Gerónimo de Colme­nares había hecho lo que su padre le había mandado, y colgó el cuadro en una casa que servía de despensa de maíz en el mismo sitio que hoy está la casa de la Virgen, y luego ó poco tiempo vio la gente, que estaba en di­cha estancia, gran claridad, que juz­gaban se quemaba la casa donde di­cho cuadro estaba colgado, y habien­do acudido a ella, hallaron sea cosa Divina, porque no había fuego, ni lumbre encendida, y que desde que sucedió lo dicho se había empezado i figurar el retrato de la Virgen en el dicho cuadro, hasta quedar como hoy está, y dorada la guarnición sin que manos humanas hubiesen reformádo-lo, y que todo lo referido le contó el dicho ocasiones se lo certificó á este testigo Pedro de Colmenares, herma­no de dicho Gerónimo de Colmenares, y Antonio Alvarez de Zamora, herma­no de los subsodichos. Y que así mis­mo le contó Inés Sánchez, abuela de este sestigo, como asistiendo la subso-dicha en el dicho sitio de Táriba. lue­go que el dicho cuadro de la Virgen se empezó á figurar, la subsodicha le había encendido una lámpara, en una escudilla, de barro, puesta sobre un plato de peltre colgado como lámpara, y que habiendo la subsodicha llegado á poner alrededor de dicho cuadro unas flores, y volvieron la cara á ver si otros muchachos venían con más flo­res, vido que de la dicha escudilla y plato caía en el suelo la manteca con mucha abundancia, y avisando á toda la eente. aue allí habían entrado, y visto lo referido, y cojido mucha de la dicha manteca, que estaba derramada en el suelo, estando el plato también lleno, y la escudilla, durando encen­dida casi tres días, siendo como era muy pequeña, y conocido patentemen­te el milagro.»

Esta última versión se diferencia un poco de la del Capitán Fernández de Rojas, quien habla de la madre y no del padre de Gerónimo, como Peral­ta, y, por otra parte, de que la tabla se quiso partir en una piedra y no con un cuchillo, como lo dice este último, lo cual no contradice el asunto esencial, como es la renovación de la pintura y el resplandor observado cuando dejaron en la despensa el cua­dro borrado de la Virgen, como para alentar a unas gentes que, si sencillas en la comarca, la mayoría aún esta­ba imbuida en supersticiones y en el atavismo. Sin embargo, por lo largo de las cuatro hendiduras observadas en la madera donde está pintada la imagen de la Consolación, sí parece hubiese sido un cuchillo el instrumen­to usado para pretender partirla. Por lo demás, las dos versiones tienen va­lidez, por cuanto transcriben, bajo fe de juramento, lo dicho y visto por Ge­rónimo de Colmenares y sus hermanos, junto a los milagros vistos y conocidos por los mismos Fernández de Rojas y Peralta.

 

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Los Milagros

 

Inmediatamente a la reaparición del prodigio pictórico de la Virgen de la Consolación, en los elementos de su composición, como obra que recobra su perdida nitidez, comenzaron a ma­nifestarse las bondades y clemencias de Nuestra Señora, con curaciones y expresiones confirmadoras de su deseo de dar. a cuantos acuden a Ella, la fe requerida para el amor de Dios, lo cual no es milagro, sino divina abun­dancia del don de la caridad cristiana y del estímulo del alma equivocada o que sufre, cuando el cuerpo es lace­rado por el pecado o por la enferme­dad. Numerosas son las curaciones hechas a los primeros devotos de la Virgen de Táriba, así como se cuen­tan, por miles de miles, las mercedes concedidas a través de cuatro siglos, f muchas son sus manifestaciones ex­traordinarias como para que nadie dude de su volver, con el manto de la misericordia, siempre en semilla y es­piga de afecto por la región andina ve­nezolana y de otras del país y de la vecina Colombia. Es porque universal es su pregón y su divina bondad con hechos sobrenaturales y milagrosos, conocidos y palpados realmente.

Cuantos viajeros pasan por la tie­rra tachirense y cuantos historian su pasado, han de detenerse a reveren­ciar y a nombrar, en forma especial, a la Virgen de Táriba, destacando su milagrosa presencia y la proliferación y realidad de sus benevolentes dones. Cuando en 1627 Fray Pedro Simón pu­blicó sus famosas «Noticias Históricas de Venezuela», consecuencia de sus viajes y observaciones y claro que de su capacidad intelectual, al referirse a la incursión a Táriba del descubri­dor Pérez de Tolosa en 1547, dice lo siguiente; «Desde donde atravesando un pequeño río, que hoy llaman el de la villa de San Cristóbal, fueron a dar a otra población que estaba cerca de la otra parte, en el mismo sitio o cer­ca de donde ahora está la devotísima ermita de Nuestra Señora de Táriba, que es el consuelo de todas aquellas provincias circunvecinas, por algunos milagros y socorro que les ha hecho en sus necesidades esta santísima ima­gen, que es pintada en un lienzo de media vara de largo, cuadrada en pro­porción. Teniéndola- en' gran venera­ción en toda aquella tierra, obligados de los beneficios dichos.»

La única equivocación de Fray Pe­dro Simón —en lo que incurre algu­nas veces en sus narraciones— es que la Virgen no está pintada en un lienzo, sino en madera. Por lo demás, reafir­ma, a cuatro siglos de distancia, la di­vina bondad de Nuestra Señora de Tá­riba y el consuelo que siempre fue, y lo es permanenterntnte, para las «pro­vincias circunvecinas», pues desde los días coloniales su manto protege la religiosidad de un pueblo de grandes atributos espirituales.

 

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El Primer Templo a la Virgen de Táriba

 

La Ermita construida en los prime­ros tiempos por los agustinos requería convertirse en templo de jerarquía y dimensiones suficientes a la atención y servicio de una feligresía creciente y a los peregrinos, renovándose y nu­triéndose en la abundosa benignidad mariana. Corresponde al Venerable Maestro y Sacerdote Francisco Martí­nez de Espinoza, Cura y Vicario de la Villa de San Cristóbal, iniciar la cons­trucción del primer templo a la Virgen de Táriba, tal como se ve en la «Rela­ción Auténtica», cuando el 19 de agos­to de 1690 se está testificando otro milagro de la Bendita Virgen, al hun­dirse el techo de la Capilla Mayor y salvarse el albañil Juan Báez y otros cuatro ayudantes que allí estaban en­tejando el día 18 de marzo del mismo año, víspera del Domingo de Ramos.

La construcción del Santuario que reemplazó a la preclara Ermita primi­genia, precisamente frente al lugar en que ésta estaba, o sea la actual Plaza Bolívar, vale al nombrado sacerdote Martínez de Espinoza el que el Canó­nigo de la Santa Iglesia Catedral de Santa Fe, de Bogotá, Onofre Tomás Baños Sotomayor, Consultor y Comi­sario del Santo Oficio y Visitador Ge­neral Eclesiástico de la Provincia, por auto del 6 de octubre de 1691, abra averiguación sobre su vida y costum­bres para el reconocimiento de sus méritos. El primero en acudir a decla­rar, el 16 de octubre de dicho año, es el Capitán Francisco Ramírez de Are-llano. Alcalde Ordinario de la Villa de San Cristóbal, quien testifica que el Padre Martínez de Espinoza no so­lamente ha edificado la Iglesia de la Villa de San Cristóbal, sino también una Capilla a la Virgen de Nuestra Señora de Táriba.

Hay otros declarantes, como Geró­nimo Colmenares Aesmasa, vecino y encomendero de la Villa de San Cris­tóbal, y Fray José Gómez, Prior del Convento Agustino de la misma Villa. el cual afirma el celo religioso y el sentido progresista del Padre Martí­nez de Espinoza. En consecuencia, el ''''isitador y Canónigo Baños y Soto-mayor prevé un auto recomendando el estímulo, a la dignidad que más convenga, del nombrado sacerdote, cuya parte final dice: «Declaramos y damos por buen Cura beneficiado y Vicario Juez Eclesiástico al dicho Maestro Don Francisco Martínez de Espinoza, y mandamos dé cuenta de los honrados procederes de dicho Maestro al Señor Vicepatrono de este Nuevo Reino para que le dé a su Majestad, que Dios guarde, para que le honre con la canonjía y dignidad que más convenga, por ser digno y ino merecedor de ella.» Tal auto tiene fecha 16 de octubre de 1691.

Cuando los Padres Agustinos —que habían traído a nuestra tierra la Vir­gen de la Consolación— dejaron su Convento de San Cristóbal, tal como lo dice el historiador Ricardo Gonzá­lez Valbuena, vinieron años más tar­de los Padres Dominicos a ser rectores espirituales de ia Iglesia de Táriba, pues ya estaban como misioneros en el Alto Apure.

 

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Monseñor Briceño y el Segundo Templo

Al ocurrir en mayo de 1875 aquel terrible terremoto, mal llamado de Cú-cita, puesto que asoló a varios pue­blos de los Andes venezolanos, la Iglesia de Táriba fue destruida. En consecuencia hubo de ser levantada, provisionalmente, una Capilla en la antigua Plaza Mayor, o sea en el mis­mo lugar de la despensa donde hubo la renovación de la pintura de la ima­gen veneranda, mientras se edificaba el nuevo Templo Parroquial.

Ya vimos que en 1904 llegó a Tá­riba el Pbro. Miguel Ignacio Briceño Picón para dejar honda huella en el progreso, la religión, el espíritu y el culto de esa guitarra de amor que es la pradera luminosa del Torbes.

Los días 26 y 28 de agosto de 1962 publicó en «El Universal», de Caracas, el historiador venezolano R. A. Ron­dón Márquez, habitante de Táriba y protegido del Padre Briceño en sus días estudiantiles, dos sabrosas cróni­cas sobre el Templo taribense. En ellas nos basamos para ofrecer una síntesis de la construcción de esa bella Iglesia, realizada por el dinamismo del Padre Briceño y la cooperación de la grey • regional.

A treinta años de la destrucción de la Iglesia levantada por el Padre Mar­tínez de Espinoza en el lugar de la primitiva Ermita, emprende el meride-ño ejemplar la difícil pero insigne ta­rea de edificar un templo cónsono con el renombre internacional de la pionera de las devociones marianas de Venezuela. El Padre Briceño comien­za el 4 de octubre de 1904 a dar fir­meza al impulso de su optimismo y despierta la conciencia de su feligre­sía para, en el terreno vacío por el sismo, erigir las blancas agujas de las torres que han de confundirse con el cielo y las nubes del hermoso valle de los táribas. El motor es el diná­mico sacerdote recién llegado de La Grita y las aspas del molino estimula­dor, para el apoyo indispensable, son dos robles de la estirpe nativa: don Gabriel Cárdenas y don losé Trinidad Colmenares. Al morir este último es su viuda, esa admirable mujer, para quien tarda la justicia, doña Isabel Chuecos, la mecenas del afecto maria-no, y lo es también el colombiano don José Ascensión Trujillo, el Tesorero desvelado e integérrimo.

Doña Isabel Chuecos de Colmena­res regaló el Santo Sepulcro, las imá­genes de la Capilla del Rosario y el Altar Mayor, que era de mármol de Carrara, y el bello pulpito.

La colectividad taribense contribu­yó a toda la realización de la obra con las manos acuciosas y los hombres prestos. Hubo una actividad total en la fiebre de buscar y acomodar los materiales, pues los «convites» se ha­cían para cortar la madera v traerla en yuntas de bueyes, y picar y aca­rrear la piedra, así como la arena y la cal para la argamasa, que tanto desairó al cemento, y el ladrillo enro­jecido por el sol en el recorrido de las recuas de bestias.

Eran tiempos difíciles para la inge­niería. Pero las dificultades técnicas las superaban los maestros de obra. Por eso Juan de los Santos Rangel afincó su pericia, con la de otros con­géneres suyos para su recordación, en las columnas, capiteles y arcos, así co­mo en la cúpula y en el cuadrángulo, donde en sus ángulo tuvo «las escul­turas de los cuatro Evangelistas y es­taba coronada por una imagen de la Virgen de Consolación, que, por cier­to, fue derribada por un rayo un poco antes de la muerte del Padre Briceño». El arte y el buen gusto de Sixto An­tonio Contreras, ebanista, quedó tam­bién en el segundo Templo taribense.

En la zona rural hubo romerías pe­riódicas, mientras en la ciudad «las familias, y en especial los jóvenes de los institutos educacionales, organiza­ban funciones teatrales, recitales lite­rarios mezclados con ejecuciones mu­sicales».

El Padre Briceño, en su generoso empeño de llevar adelante la majestad del nuevo templo, destinó todas las entradas de su ministerio, después de cumplir con los esenciales e inheren­ tes deberes, a la construcción del mis­mo, o sea que diezmos, ofrendas, ex­votos, salves, todo era para la fábri­ca; y el dinero, especialmente los fuertes de las salves, se depositaba en latas queroseneras. Siete años poste­riores a la iniciación de los trabajos se concluía este airoso Templo Parro­quial, uno de los mejores del occiden­te, y cuyo costo para aquel entonces se calculó en unos 400.000 bolívares. Así, pues, el día 13 de enero de 1911, Monseñor Antonio Ramón Silva, Ar­zobispo de Mérida, lo consagraba so­lemnemente, aun cuando quedaba pen­diente una torre, el piso y el techo definitivos. Tres años más tarde que­daba terminado con piso de mosaico y techo de metal labrado.

Hombre culto fue el Padre Briceño. Por lo mismo, la Iglesia de Táriba tuvo su sello personal, al luchar para que se siguieran normas arquitectóni­cas definidas en lo posible, lo cual extremó en cuanto al estilo gótico, es­pecialmente en las torres de la fa­chada.

Hay una anécdota decidora del ca­rácter y del esfuerzo del Padre Brice­ño, así como de la colectividad que le acompañó en su grandiosa tarea de la edificación del Templo y que echa por tierra la leyenda de que los «ta riberos son gente agarrada». Cuando Zoila de Castro vino a inaugurar el palacio de Gobierno de San Cris­tóbal trajo una media luna de oro para la Virgen de la Consolación, oferencia de su esposo don Cipria­no. Pues bien: narra Rondón Már­quez que esta distinguida dama re­galó al Padre Briceño diez moroco-tas, como su contribución, para el Templo. El ilustre Párroco agradeció el regalo y expresó luego que deseaba cambiar esas morocotas por billetes para, colocados en un cuadro, exhibir­los con esta inscripción: «Esa era toda la contribución que había recibido de fuente oficial para la fábrica del Tem­plo.»

El reloj de la Iglesia fue instalado en 1906, y no solamente marca las horas, sino el recuerdo da cuantos hi­cieron posible la realidad de la misma. El artístico pulpito fue tallado en La Grita por el ebanista Pompilio Dul-cey, y el cual prestó servicio hasta la fecha de la remodelación de aquélla. Unos veinte años atrás oíos hijos del Dr. Abigail Colmenares, nativo de Táriba y honesto hombre público, tra­jeron un pulpito de mármol en cum-plimiento de una promesa de su pa­dre, el cual estuvo colocado en el ángulo derecho del Presbiterio hasta que con el de madera dio paso a las-reformas ornamentales del Templo.

En el año de 1925 llegó de Europa el órgano que regaló don Francisco Antonio Colmenares, el cual obsequio complació mucho al Padre Briceño y a la feligresía. El alumbrado de este templo fue de luz de acetileno, ins­talado por el señor Pausolino López Ramírez, y sirvió hasta llegar la plan­ta hidroeléctrica del Torbes.

 

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Incendio en la Basílica

El día 11 de enero de 1960 se pro­dujo en la Sacristía de la Basílica un incendio que ha podido tener graves consecuencias de no haber actuado pronta y enérgicamente el Cuerpo de Bomberos de San Cristóbal y el de Cu-cuta, que acudió con encomiable bue­na voluntad a prestar auxilio, así co­mo el Ejército, la Guardia Nacional y todos los devotos de la Virgen, al imponerse del desastre. Las llamas fueron provocadas por la gasolina que alimenta a la planta eléctrica del Tem­plo y un anafre cuyas brasas estaban encendidas para su uso en el incen­sario. Alcanzaron a ser destruidos los techos de una pieza de dicha Sacris­tía, los de un corredor de la misma y los de las Capillas del Nacimiento y de la Santísima Trinidad.

Todas las imágenes de la Iglesia fueron sacadas, lo mismo que los or­namentos y los muebles, a la Plaza Bolívar, a la Casa Municipal y a las casas vecinas.

Habiendo acudido el señor Obispo Diocesano, el Gobernador del Estado, muchos sacerdotes y cientos de fíeles, la Virgen de la Consolación fue lle­vada en procesión hasta el Colegio «Nuestra Señora de la Consolación» en acción de gracias al Todopoderoso por haber podido sofocar un incendio que, de no tener la asistencia oportuna de los bomberos y los fieles, hubiese alcanzado proporciones que aún esta­ríamos lamentando.

 

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Decreto Episcopal sobre Remodelación

Monseñor Alejandro Fernández Feo, digno Obispo Diocesano, habiendo es­tudiado y aprobado los planos corres­pondientes —cuyo Proyecto de Re­modelación hizo el afamado Arquitec­to Graziano Gasparini—, por Decre­to de fecha 14 de agosto de 1960 dis­puso la remodelación del Templo Pa­rroquial de Táriba, a objeto de darle cabal categoría y corresponder así a la Augusta Benignidad de Su Santidad el Papa Juan XXIII al darle el título de Basílica Menor.

Efectivamente, el 15 de agosto del dicho año, después de haber celebra­do la Misa Pontifical, usual todos los años en ia Fiesta Patronal, el señor Obispo, revestido de Capa Pluvial, Mitra y Báculo, se dirigió a la Puerta Mayor del Templo y allí dio inicia­ción simbólica a los trabajos de re­modelación, al bendecir, en presencia de las autoridades y los fieles, los ins­trumentos de trabajo. Posteriormente fue firmada el acta inicial de los tra­bajos.

Contrato de Remodelación del Templo

Con la empresa constructora «Esfega» firmó contrato el señor Obispo Diocesano. Monseñor Alejandro Fer­nández Feo, para hacer los trabajos de remodelación de la Basílica, los cuales fueron iniciados el día 28 de agosto de 1961 y concluidos en el mes de abril de 1965.

El valor de la ejecución de los tales trabajos se convino así: la Curia pa­gaba, semanalmente, y conforme a la Relación de pagos, al maestro de obra, Contador y jornales de obreros, alba-ñiles, carpinteros, cabilleros, maqui­nistas, vigilantes, materiales, ajustes especiales, alquiler de equipos y ma­quinarias, combustibles, lubricantes, prestaciones sociales, seguro social, in­demnizaciones, gastos de instalación y porcentaje por dirección técnica —que fue convenido el 10 por 100 sobre el monto de los gastos—, apro­bada por la Parroquia. De esta ma­nera se hicieron apreciables econo­mías.

Lo esencial de la remodelación com­prendió: demolición de los techos y ático, hechos de teja, losa de concreto sobre armaduras de hierro y con pla­fones de yeso en bóveda; realce de las paredes laterales y de las que des­cansan sobre los arcos, mediante ma­chones, vigas y paredes de relleno; nuevo frontispicio entre las torres existentes; impermeabilización de los techos; reconstrucción del Presbiterio; arreglo de los dinteles de las Capillas laterales y los demás trabajos inheren­tes a la remodelación.

De una vez debemos decir que el piso, todo de mármol, es obsequio de la colonia tachirense radicada en Ca­racas, cuya junta especial de promo­ción y actividades presidió Monseñor losé Rincón Bonilla, Obispo Auxiliar de Caracas e ilustre hijo de la Parro­quia taribense, pues nació en la pa­triarcal Zorca. El altar del Presbiterio, hecho de mármol italiano, fue donado por la señora Sara de Briceño a nom­bre de su finado esposo, el General Santiago Briceño Ayestarán, nativo de Táriba.

Hay que dejar constancia de que la principal colaboración económica la dio el pueblo todo del Táchira, así como igualmente cooperaron el Gobierno del Estado, siendo Gober­nador del mismo el Dr. Edilberto Es­calante; el Ministerio de lusticia, cuyo titular era entonces el Dr. Andrés Aguilan el Ministerio de Relaciones Interiores, a cargo del señor Carlos Andrés Pérez, y la Secretaría de la Presidencia de la República, desem­peñada por el Dr. Ramón }. Velásquez. Debe destacarse, asimismo, la magnífica colaboración del señor Mar­tín Marciales, hijo, organizador y pro­motor de una gran rifa a favor de la obra de remodelación del Templo Pa­rroquial, convertido en Basílica por la benignidad de S. S. luán XXIII.

Los artísticos y simbólicos Vitrales fueron hechos en Cali (Colombia) por la acreditada Casa Velasco.

El valor de la primera etapa de la reconstrucción alcanzó a la suma de 220.280,10 bolívares y fue satisfecha el 4 de enero de 1962.

 

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Ubicación de fosas

Como consecuencia de la remode­lación hubo de considerarse la ubica­ción de las, fosas existentes en las Capillas laterales, que, conforme a los planos, fueron derruidas. En conse­cuencia, y quedando sin destruir las Capillas del Calvario (al" lado dere­cho del Altar Mayor) y del Nacimien­to (al lado izquierdo del mismo Al­tar) , se escogió la primera para ahí construir diez fosas y en las mismas enterrar los restos de los difuntos Yl-degarde de Cárdenas, Antonio Ochoa, Dr. Santiago Briceño, Mercedes Ayes-tarán. Mateo Melgarejo, Antonio Cár­denas, Dr. Antonio María Cárdenas y señora Balbina de Cárdenas, Luis An­drés y Ana Rita Cárdenas,- y Antonio José Cárdenas.

La fosa donde están los restos del ilustrísimo Monseñor Miguel Ignacio Briceño Picó, el querido Párroco fa­llecido el día 8 de mayo de 1957, quedó en su mismo lugar, o sea en el Presbiterio. Pero como éste hubo de ser remodelado, la lápida correspon­diente «fue colocada en el piso del Presbiterio, quedando directamente de­bajo de ella una cámara vacía, al fondo de la cual se encuentra la fosa con los restos del ilustre Prelado».

 

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Consagración del Altar Mayor

El día 13 de agosto de 1963 hubo una solemne procesión litúrgica de las Reliquias de los siguientes Santos:

San Lucio, San Vicente, San Heliodo-ro. Santa Ágata y Santa Perpetua, para la ceremonia de la Consagración del Altar Mayor de la Basílica. El ex­celentísimo señor Obispo de la Dió­cesis presidió esta procesión, la cual salió de la Capilla del Colegio Sale-siano hacia la Basílica a las siete de la noche. Cerca de la puerta principal el señor Obispo veneró las reliquias y bendijo e! agua gregoriana indispen­sable para la Consagración. Acabada esta ceremonia, delante de la urna que contenía las Reliquias, hubo el oficio de Maitines y la veneración de la fe­ligresía.

Al día siguiente, 14 de agosto. Mon­señor Fernández Feo, a las siete de la noche, comenzó la sugestiva ceremo­nia de la Cansagración del Altar Ma­yor de la Basílica, conforme a la sa­grada Liturgia, y concluyó con la Santa Misa. Basílica Menor y Coronación

Afirmamos que la más antigua, en Venezuela, de las devociones marianas, es la de Nuestra Señora de la Consolación. Así es, en efecto. Por lo tanto, ha podido ser la Virgen de Táriba la Patrona de Venezuela. Pero el celo y la actividad del historiador y religioso lasallista Hermano Necta­rio María lograron que lo fuese la también milagrosa Virgen de Coromo-to, a la cual veneramos todos los ve­nezolanos, aparecida en forma extra­ordinaria bajo el sol de los cospes. Bien está, por consiguiente, que la ve­neranda imagen temple la sensibilidad espiritual de la nación.

Debemos a nuestro actual y amado Obispo Diocesano. Monseñor Doctor Alejandro Fernández Feo, el enalteci­miento de la Iglesia de Táriba a la dig­nidad ritual de Basílica Menor y tam­bién la imposición áurea a la hermosa y bondadosa imagen de Nuestra Se­ñora de la Consolacón. Ambas gra­cias para el pueblo tachirense: la de erección en Basílica Menor y la de la Coronación de la Virgen, las con­cedió el Santo Papa de Bondad, ese esclarecido Pastor de la Cristiandad, Juan XXIII, los días 23 de octubre y 9 de noviembre del año 1959, respec­tivamente.

 

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Decreto de erección en Basílica Menor, JUAN XXIII para perpetua memoria

 

La Bienaventurada Virgen María, a quien el Dios de infinita misericordia constituyó Madre de todo el género humano, nunca ha cesado de prodigar consuelo y auxilio, siempre con inago­table caridad, a todos cuantos a Ella acuden. Plenamente convencidos de esto los habitantes de la ciudad de Táriba' que se halla en la Diócesis de San Cris­tóbal en Venezuela, dedicaron allí mismo a la Madre de Dios, bajo la advocación de «Ntra. Sra. de la Con­solación», un Santuario, al que han venido honrando con piadosas pere­grinaciones.

Esta veneración se ha intensificado tanto, que el dicho Santuario ha lle­gado a ser el principal centro de atrac­ción piadosa en toda la Diócesis nom­brada.

En efecto, tanto en la adversidad como en la prosperidad, los fieles de todas partes acuden allí, y allí mismo se congregan ingentes muchedumbres como junto a una fuente abundantísi­ma, de la cual fluyen sin cesar aguas saludables.

Expuesta en ese santuario, a la ve­neración de los fieles, se halla una ve­neranda imagen de la misma Consola­dora que, desde el principio, fue lle­vada por los misioneros que llegaron a predicar en dicha región el Evange­lio de Cristo.

Cuan milagrosa es esta imagen lo comprueban el testimonio de los fa­vores extraordinarios obtenidos y el común sentir de los fieles que han multiplicado sus generosas ofrendas.

Se agrega a esto que el templo dis­fruta de una gran amplitud, resplan­dece por la variedad de su culto y se halla ricamente dotado de todo lo con­veniente para el esplendor de las ce­remonias litúrgicas y el provecho es­piritual de los fieles.

Nuestro Venerable Hermano Ale­jandro Fernández Feo Tinoco, Obispo de San Cristóbal en Venezuela, tenien­do, con razón, todo esto en cuenta, nos ha suplicado que al dicho tem­plo, insigne por tantos méritos, lo enal­teciéramos con el título y privilegios de Basílica Menor.

Favorablemente acogidas tales sú­plicas, Nos, luego de haber consultado a la Sagrada Congregación de Ritos, con pleno conocimiento Nuestro y des­pués de madura reflexión, usando de la plenitud de Nuestra Autoridad Apostólica, en virtud de estas letras y para perpetua memoria, elevamos al honor de BASÍLICA MENOR el tem­plo dedicado a Dios en honor de la Bienaventurada Virgen María, común­mente llamada «Nuestra Señora de la Consolación», en la ciudad de Tári­ba, Diócesis de San Cristóbal, en Ve­nezuela.

Disfrutará de todos los derechos y privilegios que a los templos, así lla­mados, le están legítimamente conce­didos. Todo esto, sin que tenga nin­gún valor cuanto en contra se inten­tare.

Así lo mandamos, decretamos y or­denamos que las presentes letras sean tenidas y consideradas siempre fir­mes, válidas, existentes y eficaces; que logren y obtengan sus plenos e ínte­gros efectos, para lo cual prestamos muy amplio apoyo a todos aquellos a quienes interese o pueda interesar en el presente o en el porvenir, el cum­plimiento de lo aquí dispuesto.

Así se ha de juzgar e interpretar y que desde ahora sea considerado como nulo e inválido cualquier acto en con­trario, no importa la persona o auto­ridad que lo intentare, ni si fue cons­ciente o por ignorancia lo atentado.

Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 25 de octubre del año de 1959, primsro de Nuestro Pontificado.

Domingo Cardenal Tardini. Srio. de Asuntos Eclesiásticos.

 

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Breve de S.S.Juan XXIII y Escudo de Armas

El día 27 de mayo de 1961, habien­do llegado las Venerables Letras Apos­tólicas que elevan a la jerarquía de Basílica el Santuario de Nuestra Se­ñora de la Consolación de Táriba, el señor Obispo Diocesano decretó la eje­cución de las mismas el 4 de junio de 1961. a las 5 p. m., para cuya cere­monia invitó a las autoridades del Es­tado y a su Grey.

Asimismo, el día anterior a la im­ponente ceremonia ejecutora del Breve de S. S., el Excmo. Monseñor Alejan­dro Fernández Feo, decretó ' Espido de Armas de la Basílica, cuva descrip­ción es la siguiente: «En la parte su­perior del mismo, y en campo de azur, tres montes que simbolizan la Cordi­llera de los Andes, En jefe una estre­lla de seis puntas o Stella Matutina, alivio al amanecer de los que sufren. en representación de la Santísima Vir­gen. En la parte inferior, y en campo de sinople, aguas de río que represen­tan el río Torbes, en recuerdo del paso de los padres agustinos, primeros evangelizadores del Táchira en el año en que llevaron la milagrosa Imagen de N. S. de la Consolación de Táriba. Acolados por detrás del Escudo un tintinábulo de oro, símbolo de Basí­lica' y un arco y dos flechas de su co­lor que representan a los indios evan­gelizados por los Agustinos, primera base de la ilustre ciudad de Táriba. Por timbre una corona de Reina, de oro, por haber sido decretada la coro­nación canónica. Fuera del escudo, y en la parte superior, una cinta de pla­ta con el lema: "Quae consulatur nos", en letras de sable.»

 

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Visitas de la Virgen de Táriba a San Cristóbal desde 1638

 

Si de San Cristóbal fue la Virgen de la Consolación a Táriba en el úl­timo tercio del siglo XVI, llevada por los Padres Agustinos, hubo de volver ya, como Soberana de la realidad ma-riana, a interceder a favor del Valle de Santiago /quizá por alguna calami­dad pública, y es así cómo por el tes­timonio del ya nombrado capitán Fer­nández de Rojas, sobrino de doña María de Rojas, se sabe que la vene­randa imagen estaba en San Cristóbal en enero de 1638 y fue cuando se produjo el milagro del sudor, confor­me lo vemos en la «Relación Autén­tica».

 

Segunda visita, 1651

La segunda visita fue en 1651, al pedir el Cabildo sancristobalense la trajesen para rogar su intercesión en aguda epidemia de disentería. Esta vez vuelve a sudar la imagen, pues al «en­trar por la primera casa Hel pueblo empezó a sudar, y le duró el sudor hasta la Iglesia, y el tiempo que estuvo en ella descubierta, hasta que con unos corporales se le enjugó el cura, y la pusieron en el Sagrario de dicha Iglesia».

 

Tercera visita, 1664

En 1664 vuelve la Virgen de la. Con­solación a San Cristóbal y regresa el 8 de diciembre en manos del gran sa­cerdote sancristobalense —después primer Obispo venezolano—. Dr. Gre­gorio Jaimes de Pastrana. Según la «Relación Auténtica», dicho regreso fue así: «Salió la Santa Cruz de dicha parroquial en forma de procesión, con las advocaciones del Bienaventurado Mártir San Sebastián, y la vocación de Nuestra Señora de la Concepción, que es de dicha santa hermita, y otra imagen de bulto de dicha parroquia y sucesivamente la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Táriba, que lle­vó en sus manos el Dr. don Gregorio Jaimes de Pastrana, cura reverendo de la metrópoli de este arzobispado, con toda la decencia debida, revestido con capa de coro, y debajo del palio, fue acompañada hasta casi fuera de dicha villa, desde donde se volvió la cruz e insignias y advocaciones referidas, y dicho doctor prosiguió en forma de procesión a pie, y descalzo, todos los más del concurso de mujeres devotas de la Santísima Imagen.»

 

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El primer Obispo venezolano y la Virgen de la Consolación

 

A propósito del doctor Jaimes de Pastrana, el primer Obispo nacido en la capital tachirense. hemos de refe­rir su munificencia y su veneración intransferible a la Virgen de la Con­solación de Táriba. En efecto, seg.án lo escribe el historiador Luis Eduardo Pacheco, el doctor Jaimes de Pastra­na, en 1687 y ya siendo Obispo de Santa Marta, obsequió a esta veneran­da imagen el marco y puertecillas y pedestal de plata «que a modo de re­licario guarnece y engalana el óleo his­tórico de esta sagrada imagen, pieza de orfebrería en verdad valiosa». En el respaldo de la antigua reliquia colo­nial, guarnecedora de la tabla, está la siguiente inscripción: « ^cabosse es­ta obra a 3 de agosto de 1687 años a deboción de un S. R. Obispo, indig-mssimo esclavo de la Madre (de) Dios de Consolación de Táriba, ycola Alonsso de Losada y Qviroga, y paesa esta guarni (ci) on 20 marcos de pla­ta, sin otros 15 marcos poco más o menos qve entraron en Jas pverteci-tas, y tubo la guarnición antigva de esta Señora tres marcos v vna onca qve syrvieron para dicha obra».

En la parte inferior de este relicario —que bien parece un retablo de pla­ta— advirtió el doctor Aurelio Perre­ro Tamayo el Escudo Episcopal de Monseñor Jaimes de Pastrana, con una probable variante de la Cruz de San­tiago, por un clavo, forma la abrevia­tura de Esclavo del Señor. Es una prueba más de 5a devoción mariana del Mitrado. El Relicario es una ver­dadera galanura de orfebrería.

Ahí está esa joya de carácter devocional e histórico donada por el pri­mer Obispo venezolano, cuyo ejerci­cio espiritual lo disfrutó la noble ba­hía samaria neogranadina. En julio del citado año de 1687, el Ilustre Prelado Jaimes de Pastrana visitó por última vez su tierra tachirense y frente a la plaza mayor taribense quedó su im­perecedero recuerdo d e desprendi­miento y del orfebre español que, re­sidenciado en Pamplona, quiso ser in­térprete del fervor del Mitrado bueno y sencillo.

 


Nuevas visitas a San Cristóbal

1901

Cada vez que la villa santiaguina tuvo conflictos epidémicos acudió a Ella, a la Madre misericordiosa con manto de estrellas y manos de luz, para que viniese a calmar su angustia y a endulzar sus penas. Por lo mismo, en 1901, vuelve a San Cristóbal y es Delfín Rosas el atíivo organizador de las azucenas que florecen en la de­voción villorra. La imagen de San Juan Bautista va en procesión a reci­birla a la «Puerta del Sol», es decir, frente al Cementerio Municipal. Las gentes, que se consumen por la fiebre tifoidea, agonizan en la emoción de su fervor y muchas se salvan con la sola presencia de Nuestra Señora. El re­greso de la Soberana espiritual es apoteósico —como siempre—, pues la gratitud de todos está en ofrendarle las banderas blancas con cintas azules en sus casas, las macetas de flores y los altares con velas e incienso, donde las salves son castos para la gracia plena del regocija íntimo. Desde La Vichuta a Sabaní Larga y Machirí la marejada humana se disputa las an­das sobre las cuates descansa la ima­gen sonriente de la Virgen de la Con­solación de Táriba.

1947

Otras visitas ha hecho la Virgen a la capital tachirense. En 1947, por ejemplo, con motivo de las Bodas de Plata de la erección de la Diócesis de San Cristóbal, vino en romería amorosa a presidir los actos conmemo­rativos. El 5 de diciembre sale de su Santuario taribense. A hombros viene hasta el Obelisco, que aún fijaba el hecho descubridor, cerca del Puente Libertador, o sea, en los terrenos de las Huertas de Palermo. Una linda carroza la transporta hasta la entrada de San Cristóbal y allí es recibida por el Decano del Episcopado venezolano, ese virtuoso y discreto varón Monse­ñor Acacio Chacón; el Obispo Dioce­sano, el bien recordado Monseñor Ra­fael Arias Blanco, y Monseñor Mar­cos Sergio Godoy, Obispo del Zulia. Cuatro días está la milagrosa imagen en los festejos diocesanos y el 8 de diciembre retorna, triunfante, a su­marse al regocijo de sus hijos predilec­tos, los taribenses. Eran las nueve de la noche cuando el que fue grande orador, Monseñor Godoy, bendijo, con la metáfora elegante de su palabra, a la muchedumbre apiñada en la Plaza Bolívar, en el atrio de la Iglesia Pa­rroquial y en las calles adyacentes.

 

1954

Al celebrarse en el Táchira el Año Mariano, en 1954, volvió Nuestra Se­ñora a San Cristóbal. La veneración de un pueblo enfervorizado por el oro de la más limpia tradición se volcó en la sonora confianza de su fe, para adorar a la Patrona de los Andes.

 

1956

Cuando se llevó a cabo, en nuestra tierra, el Congreso Eucarístico de 1956, coincidente con las Bodas de Plata Sacerdotales de nuestro Obispo Diocesano Monseñor Alejandro Fer­nández Feo, la Virgen de la Consola­ción viene, nuevamente, en el alma rendida de todo el Episcopado venezo­lano —presente en la romería y en los actos del Congreso— y en las voces, en plegaria, de Obispos y sacerdotes llegados de los países bolivarianos. Tal extraordinario Congreso se celebró del 24 al 27 de octubre del referido año de 1956, y su realización fue aconteci­miento de singular influencia espiri­tual, con óptimos frutos para el cato­licismo y el buen nombre tachirenses, con renovaciones de las bondades y milagros de la Virgen, que ahora reci­be la Corona de la augusta serenidad divina en la invocación canónica.

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Apertura del Año Mariano

 

Al celebrarse el 15 de agosto de 1965 la tradicional fiesta Patronal, el señor Obispo dispuso dar apertura, en tal día, al Año Mariano, dedicado a preparar su grey con una piadosa y solemne serie de actos, que fueran el preludio del gran acontecimiento re­ligioso nacional de la Coronación Ca­nónica de Nuestra Señora de la Con­solación el día 12 de marzo de 1967.

La Congregación multitudinaria de fieles, encabezada por Monseñor Fer­nández Feo, con las insignias Basilica-les, y las más altas autoridades civiles, militares y municipales, ofrendó su adoración en el día prolegómeno del Año Mariano.

Por Decreto Episcopal del 18 de agosto de 1965 el señor Obispo nom­bró la Junta Central Organizadora del Año Mariano Vocacional de la manera siguiente: Presidente: Monseñor Mar­co Tulio Ramírez, Vicario General de la Diócesis; Primer Vicepresidente:

Licenciado Hugo Domingo Molina;

Segundo Vicepresidente: Profesor Víc­tor Hugo Mora Contreras; Secretario:

Doctor Pío Gil Moreno; Tesorero:

presbítero Alejandro Figueroa, Párro­co de Táriba; Sub-Tesorero: Profesor Daniel Sánchez-Molina; Vocales: Doc­tor Alberto López Cárdenas, Rafael María Rosales, Dr. Enrique Ravelo y Doctor Gustavo Colmenares Pacheco.

Como acto ratificador de la fe an­dina y del interés por el año dicho, el 30 de octubre de 1965 se llevó a cabo en la Basílica un rosario en familia con la presencia de Monseñor Marco Tulio Ramírez, Gobernador Eclesiás­tico de la Diócesis, por encontrarse ausente el señor Obispo, Monseñor Fernández Feo, quien hubo de asistir al Concilio Vaticano Segundo.

 

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Recorrido de la Virgen 1966

Un recorrido de la venerada imagen de la Virgen de Táriba por todos los pueblos del Estado, como una manera fervorosa de comprometer a todos los hijos de la tierra donde Ella es Reina y Señora a estar presentes el día de su Coronación Canónica, fue iniciado el día 17 de febrero de 1966.

En carroza, iluminada por las flo­res, las luces y los cantos, comenzó este recorrido por el pintoresco pueblo de Umuquena y luego estuvo en to­das las demás poblaciones tachirenses, donde macizo y espontáneo ha sido el ardor religioso en su entrega espiritual a Ella, que es consuelo y protección de bienes y almas. De sur a norte, de este a oeste, la imagen llegó, en crucero de buena voluntad y clemencia, para dar alegría y entusiasmo a todas las gentes de un Táchira esencial y profunda­mente católico. Ha sido la mies en el tiempo de recordar la reconciliación con Dios, pues esa ha sido la inven­ción de! Pastor Diocesano en el mo­mento dedicado a la Virgen y como preparación a la canónica ceremonia de su Coronación.

 

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Memoria de la Tabla

 

La memoria de la tabla donde el arte y la religiosidad son recuerdos de una cultura lejana y a la vez inmediata es un girasol abierto a la historia y a la fe, así como al estudio de los eru­ditos. El amor ¿e la aldea que le sir­vió, primerameitíe de marco emocio­nal y revelador, después que las aguas del Torbes auparon la voz de la vieja raza en el azul del buen augurio, es ahora una fuerza que inflama todos los pechos y su !uz llega a todos los ámbitos —hasta Sos más lejanos— por lo rotundo de su hermosa tradición artística y religiosa.

La cultura castellana vino hasta la niebla del ande venezolano en el adus­to o amable acercar de los hombres y los misioneros que surcaron el mar en las carabelas rebosando el hecho descubridor. ¿Dónde hallar la memo­ria de esa tabla con vivencia y sono­ridad de siglos?

losé Núcete Sardi dice que «de Es­paña llegaban en aquéllos (se refiere a los barcos), junto con los conquista­dores y capitanes generales, algunos cuadros de asunto bíblico o religioso, que iban a quedar en la penumbra de las iglesias y conventos o en los salo­nes mantuanos, formando modesto te­soro de arte». Y agrega: «Algunos misioneros llevaban al lienzo la ima­gen de los titulares o patronos de las iglesias que fundaban.» ¿Vino enton­ces de España con influencia oriental —acaso bizantino-románica— o fue pintada por algún misionero la tabla llevada a Táriba?

^ La escuela valladolinense, de tanta /influencia como recordación, acusa ha-i cia 1600 la expresión de su escultura i como precursora idea del barroco na­turalista y como fuerza de la creación mística, con sentido realista. Igual cosa debió suceder con la pintura, pues el estilo y ascendiente de ambas mani­festaciones del arte son paralelas, co­mo también la literatura de cada épo­ca, y aquéllas se estudian conjunta­mente. El Renacimiento, a la vez, universaliza el arte, así como el hu­manismo perdura en el genio de los filósofos, los literatos y los artistas que en el clasicismo homogeinizan la in­timidad estética.

¿Cuál es la influencia verdadera de esta maravillosa tabla ?~¿Será'de-ía Es­cuela de Valladolid^ o de Sevilla? El caso es que aparece en el Valle de San­tiago en manos de los Padres Agusti­nos, propagadores del culto a la Vir­gen de la Consolación. Pudo venir de España con saudade castellana y el hálito del milenario' éxodo árabe

—como la música—, pues el erudito Alfredo Boulton ha advertido rasaos orientales en la tenue morenez deTcua-dro con suplo" "ancestral de la vieja creenciaasiáncá en América. Los ojos Y lAJPisma nariz de la imagen tienen un recóndito anuncio, mientras el niño alcanzaTüna españolización acentuada. La misma configuración de la rojiza pieza que cubre 'a cabeza de la sen tada imagen tiene aire bizantino y las mismas arañas que cuelgan como de un arco, en cuyos lados aparecen unas columnas que trepan a un im.iginaric coro, conllevan la milenaria señal oriental como las figuras inferiores de los lados donde pareciera observarse, el hisopo para las bendiciones diarias y un cacto legendario. ¿Y ese fondo oscuro del cuadro no podría ser tnl vez, la intuición caraoter-ística de los renombrados oscuros, flamencos? 1.a pintura es universal, como universales son los paisajes y ¡as influencias. En todo caso, en el ';uadro de la Vireen de Táriba hay una emoción viajera que vino a asentarse en el claroscuro de la devoción mariana (achírense.

También puede estar esa memoria de la tabla, en el andar de la cultura en tumbos en los pueblos de.la cuenca atlántica y pacífica, pues no se olvide que~en Quito, México y Cuzco hubo escuelas durante una Colonia que en conventos y casonas elevaba sus horas de creación en el ejercicio pictórico o en esa disciplina de los misioneros que tenían que hacer, muchas veces, sus propias cosas para satisfacer su deseo civilizador o para dar escape a su sensibilidad o a su inquietud espiri­tual en días de sopor o de espera. Recuérdese que en Tunja, Santa Fe y la misma Pamplona había devoción por los retablos y recuérdese, asimis­mo que, ya en 1576, el Padre Orellana fundaba la primera escuela de pintura en La Grita; lo cual quiere decir que los misioneros sembraban su semilla religiosa y artística en cualquier lugar propicio.

Puede y debe fijarse la memoria de nuestra milagrosa y bella tabla en la doctrina mariana de Venezuela como la precursora advocación del dogma que hizo a María bendita entre las mujeres, pues el fervor y el culto a Nuestra Señora de la Consolación de Táriba alcanza a las cuatro centurias, o sea, que es, como ya lo dijimos, la más antigua de nuestro país.

En esa memoria de la tabla tari-bense, tan sugestiva por su frescura y su ponderación pictórica, cabe la emoción de un pueblo devoto y culto que ahora ve coronar, como Reina y Señora, a la excelsa Patrona del Occi­dente y ve cómo la antigua iglesia de las romerías de agosto se convierte en Basílica Menor y sus torres blancas plenan el paisaje en el vuelo infinito de las preces y las nubes, para prose­guir siendo la estrella de la mañana como en la añoranza de su Escudo de Armas. Las copias del Cuadro

Hemos tenido ocasión de conocer la existencia de algunas copias admira­bles de la imagen de Táriba. Habría que establecer un diálogo, con el si­lencio de los años, para saber la ascendencia pictórica perdida en el descuido natural provinciano o intuir la natura­leza de los hechos que no han sido historiados o que han extraviado el fundamento del ámbito o de la fecha en que se realizaron, para indagar quién o quiénes hicieron esas copias, cuándo o por cuál razón las llevaron a cabo. Las tradiciones orales algunas veces —como ahora— son confusas y se transmiten, en voz baja, de familia en familia y hasta se hacen especula­ciones que puedan confundir la reali­dad histórica, si no fuera tan clara y tan rotunda la autenticidad del cua­dro de la Virgen taribense que desde 1687 está colocado dentro del Relica­rio donado por la devoción del gran Obispo tachirense Jaimes de Pastrana y en cuya madera se advierten las hen­diduras comprobadoras de la fisura he­cha por el cuchillo o la piedra que los hijos de Alvarez de Zamora usaron para pretender partirla. En los otros cuadros estas hendiduras son apenas la visión del original y aparecen como una mancha sobre la madera.

La señora Tula Pacheco de Colme­nares tiene una de estas magníficas copias, en Táriba. También el señor Julio Pacheco Cárdenas ti^ne otra de una belleza atractiva. La misma Parro­quia de Táriba tiene la suya para usar­la en casos especiales a fin de no ex­poner el original a alguna contingen­cia. Igualmente, y en el Palacio Epis­copal, hemos visto otra, no ya en ma­dera, como las anteriores, sino en lienzo y de proporciones mayores. Tal lienzo es más bien una creación en vez de copia. El pintor deja una expresión artística diferente, pero sin modificar los motivos sustanciales del cuadro original, exceptuando la cara de la Virgen, que cambia su influencia oriental por la española propiamente dicha y mejora la visibilidad de la posición de la imagen, pues en el ori­ginal, a primera vista, no se advierte que está sentada. Hay que detenerse a ver sus proporciones anatómicas y la posición del niño, para uno darse cuenta que en realidad está sentada. Además, una de las figuras inferiores, la derecha, la deja con una maceta de flores. Por ello es por lo que seguimos creyendo es más bien una creación que una copia.

¿Habrá otras copias? No lo sabe­mos ahora. En todo caso, ninguno de los cuadros, ni el original ni las co­pias, tienen firma. Pero el arte y la intención de estos cuadros no pierden ni su belleza ni su aliento influyente en el pregón de un fervor de siglos.

 

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Otras notas históricas sobre la antigüedad del culto a la Virgen de Táriba

 

Las interesantes notas las transcri­bimos seguidamente tal y como nos las envió el notable historiador y entra­ñable amigo Dr. Aurelio Ferrero Tamayo. Helas aquí:

 

FRAGMENTO DE LA NOTA escrita por el Dr. Caracciolo Parra León sobre el Capítulo IX de la «His­toria de la Provincia de San Antonino del Nuevo Reino de Granada», escrita por el Religioso Dominico R. P. Maes­tro Fray Alonso de Zamora, reeditada por Parra León Hermanos en Caracas, Editorial Sur América en 1930, con notas del mismo Dr. Caracciolo Parra León y del R. P. Fray Andrés Mesanza, de la Academia Colombiana de la Historia. (Las notas marcadas con le­tras son del Dr. Parra León.)

El Enunciado del Capítulo IX es como sigue:

«De los Provincialatos del P. Pre­dicador General Fray Alonso de la Vandera, y del P. Maestro Fray Mar­cos de Vetancur, en que se da noticia de la reducción de los indios Chinacos, y del P. M. Fray Francisco Contenen­te, Visitador de esta Provincia.»

El fragmento que vamos a transcri­bir se encuentra en la página 455:

«Desde el punto de vista eclesiás­tico San Cristóbal padeció durante la época colonial los males consiguientes a una absoluta escasez de Clero; es­casez que fue tanto más notoria cuan­to que no contó nunca la Villa con un verdadero Convento de Religiosos que ayudaran al Clero secular en la evan-gelización de los indios, pues aunque fue durante largos años asiento de Pa­dres Agustinos, éstos no llegaron a tener allí un Conventículo, tan de poco cuantía que murió de consumición en 1768 anexado al Convento de Pam­plona. Por lo que toca a los PP. Do­minicos, tuvieron en esta jurisdicción las misiones del Apure; y para ir a ellas hacían escala en el sitio de Tá­riba, donde se venera la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Con­solación, con lo cual este culto recibió grande impulso y tuvo particular es­mero, en beneficio de todos los vecinos y progreso visible de la Capilla donde estaba la imagen. Por ello, el cura la encomendó a los frailes y en 1.° de diciembre en 1767 el Procurador de la Villa, D. luán Alvarez de Sosa. dio poder amplio al P. L. Fray Jacinto An­tonio Buenaventura, Procurador de la Provincia de San Antonino ante la Corte, para que pidiese, en nombre de la dicha Villa, a S. M. la facultad de erigir un Convento de Predicadores en el referido sitio de Táriba, «atendien­do a lo muy dilatado de esta pobre jurisdicción, a la penuria, y excaseses que padece de sacerdotes, y al culto de la mencionada imagen... y que a él podrán venir a medicinarse los Mi­sioneros que tan frecuentemente en­ferman en los mai sanos climas, de sus apostólicas tareas...»

Como a principios de 1769 aún no se sabía el resultado de dicho poder, el nuevo Síndico Procurador de la Villa, D. José Antonio Colmenares, lo renovó el 19 de enero en e! Procurador de la Provincia «que se halle en la Corte» para el mismo fin, «experimen­tándose oy, dice, con más veras en esta pobre jurisdicción, la excases de Sacer­dotes por haberse extinguido el Com-bentículo que en esta Villa havía, con Real permiso de su Magd., de Sr. San Agustín trasladándole al de Pamplona (con bastante dolor, y desconsuelo de este vasto vecindario). Para sustento de la nueva fundación indicaba el Síndico la aplicación de «algunos bie­nes, haciendas o rentas, que se halla­sen sin destino de los que ocupaban los expatriados expulsos de la Compa­ñía de Jesús, haciendo presente que hay una Hacienda nombrada el Mora-non, en jurisdicción de Trujillo, o Mé-rida y otras dos haciendas de cacao, y esclavos en jurisdicción de Pamplo­na Demarcación de las Parroquias de Cúcuta. Y que regrecen los bienes, rentas y alajas, que del citado Com-bentículo de San Agustín trasladaron a dho de Pamplona, y se agreguen al pretendido de Táriba. A pesar de tantas previsiones y recomendaciones, todo quedó sin resultado.»

Es muy conveniente hacer notar que el doctor Parra León afirma que la mayor parte de los datos los tomó de un documento auténtico del año 1769, de su archivo personal.

 

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